Mi nombre es Ariel, tengo 6 años
y esta es mi historia.
Soy una rata, y la gente no sabe lo difícil que es serlo. Por los días
duermo y por las noches estoy despierto. Siempre debo hablar cuando los humanos
se duermen, porque pueden venir y matar a toda mi familia.
Sé que parece cruda mi historia, pero yo la paso muy bien. Miro por las
rendijas a esos seres extraños que viven en esta casa, mientras yo estoy cómodo
en el entretecho jugando a ser un espía secreto.
A veces me da pena mi papá, no le gusta ser una rata y, mientras todos
dormimos, llora acallando sus lágrimas para que no lo escuchen. Dice que le
hubiese gustado ser humano, no esconderse como una rata. A mí me agrada, todos
dormimos juntos en la misma camita, nos abrazamos constantemente y nos decimos
que nos queremos por si algo malo pudiera pasar. No me gusta la idea de vivir
separados.
Mi hermana pronto tendrá a sus crías y sospecho que está triste, yo creo
que tiene miedo porque pueden hacer mucho ruido, aunque yo no creo, las ratas
somos muy inteligentes. Yo no emito sonidos desde que tengo memoria, a menos
que sea muy de noche. “Hay que estar calladitos para que no nos escuchen los
hombres malos” decía mi mamá, y yo soy una ratita muy obediente.
De todos, sé que soy el único que la pasa bien, me siento especial y a
la vez temido, porque sé que si salgo por ahí a sacar comida de los estantes,
la anciana que vive aquí se espantaría y correría, porque siempre la escucho
decir que somos basura, y la basura a nadie le gusta.
Las ratas somos únicas, pero igual me da mucha pena que nos persigan por
lo que somos. Creo que no es justo si nosotros también tenemos derecho de vivir
donde queramos. Aparte, nosotros vivíamos en esta ciudad antes de que llegaran
los “Fumigadores”.
Según mi papá, antes era rico estar aquí, podíamos salir todo el tiempo
que queríamos y convivir en las calles con las personas, porque no nos temían,
nos respetaban como seres vivos.
El marido de la anciana nos da comida a escondidas, a ella no le
gustamos, dice que somos una lacra social y que podemos infectarla de algún
virus raro, pero él es noble, creo que le gustan los animalitos. Dice que no
debemos hablar mucho porque su señora está pensando en llamar a unos sujetos
que fumigan. Mi padre dice que actuemos como ratas, no entiendo por qué, si es
obvio que actuamos así por lo que somos, creo que a veces le gusta negarlo.
Noche tras noche pienso en cómo ayudar a mi papá a que se sienta bien con
lo que es, si incluso un día le dibujé a nuestra familia y se largó a llorar. A
lo mejor no soy un buen dibujante de ratas, pero lo importante es que adoro a
mi familia y me gusta ser lo que soy, y definitivamente odio a los señores que
fumigan, ellos arruinaron todo.
La vida de los seres humanos es muy fácil, ellos pueden hacer lo que
quieran mientras nosotros nos escondemos porque nos pueden matar de alguna
manera.
Si tan solo pudiera hablar con los señores que fumigan, les diría que me
quedaría en el techo, pero que de vez en cuando nos dejen salir a ver la luz
del sol, que no la admiramos desde octubre del año pasado; y que trataría de no
molestarlos, pero que me dejen vivir a mí y a mi familia, porque no quiero ver
más a mi papá llorar por sentir vergüenza de lo que somos.
Bueno, eso es todo lo que puedo decir de mí y de mi familia, es de noche y tengo mucha hambre. Además, mi papá me insiste en que estudie La Torá. Mañana seguiré escribiendo si no vienen a fumigar.
Bueno, eso es todo lo que puedo decir de mí y de mi familia, es de noche y tengo mucha hambre. Además, mi papá me insiste en que estudie La Torá. Mañana seguiré escribiendo si no vienen a fumigar.
Karenina Mack
Código de registro en Safe creative: 1811078964946
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Agobiante perspectiva... no sé, de cualquier modo no podría tomarles cariño. Y de dejarlas vivir en mi casa ni hablamos.
ResponderBorrarFuera de eso, el mensaje es la buena actitud ante tus propias circunstancias. Sigue igual de feliz Ariel!